Te miras de lado en el espejo después de bañarte y ya no reconoces la piel de tu abdomen o tus muslos. Se siente suelta, como papel arrugado. No importa cuánto bajes de peso o hagas ejercicio: los hoyuelos siguen ahí, marcándose incluso debajo del legging.
Y lo peor no es solo verlo. Es lo que sientes:
- Buscar un pareo antes de ponerte el traje de baño, aunque hayas bajado de peso.
- Dudar antes de usar ese vestido corto que tanto te gusta.
- Sentirte incómoda cuando tu pareja te toca la cadera, y preferir apagar la luz.
No es falta de disciplina. Es que nadie te ha explicado por qué las cremas que has probado no funcionan.
